Buscar este blog

Los vampiros de Mendoza


Treinta años habían pasado cuando Mendoza me recibió con un cielo plomizo. Sumamente lluvioso e inestable. Mi Diario de Viaje rememora aquellos días con indeleble perfección : 

“ En Los Barriales he recopilado, fotografiado y atestiguado de todo. La síntesis es que, como los casos de mutilaciones acaecidos en 2002 en Argentina, todo súbitamente cesó y se achacó la culpa de las matanzas a perros o nutrias grandes. Esa es una opinión de una parte de la población. Otra, bien diferente, es la que tienen los damnificados. Pues ellos, en efecto, sienten en sus carnes que todo fue gestado de manera inexplicable. Y que las noches de 1972 deparaban un miedo terrible” 

Es cierto. Aunque después de 30 años las opiniones, como es natural, parecían dividirse, en realidad todas se aunaban en algo concreto: el miedo terrible una vez caido el crepusculo. 



Tuve la gloriosa fortuna de poder contactarme con los testigos que todavía estaban con vida. Muchos acariciando la frontera de los noventa. Otros, cuyos hijos habían quedado como portavoces de lo ocurrido. Como Bardín hijo, de 65 años. La misma edad que su padre cuando acaeció lo del siniestro “Vampiro”. 


Pero vayamos por puntos. 

El cielo, como digo, estaba ligeramente nublado, pero se adivinaba que la tormenta se alejaba del pueblo hacía el norte. Viajaba sentado. Bajé en una plazoleta pequeña, el centro del pueblo de Los Barriales. Un hueco de cielo azul todavía concedido por la inminente tormenta alejándose me dejó esperanzas de que no llovería. 

Según había estado leyendo, el radio de acción del “escurridizo” ente había sido en la localidad de Rivadavia, Maipú, Junín y San Martín mayormente - también tengo referencias en San Rafael. Generalmente poblados áridos y con poco trajín de gente. 

Y mientras refrescaba la memoria con la historia del lugar, donde se dice, el ilustre general San Martín vivió sus últimos días, dirigí mis indagaciones a una jefatura de policía. En la entrada dos oficiales me supieron indicar a quien debía buscar: un tal González que trabajaba en la bomba de combustible. 

Había escrito un libro y podría guiar mis pasos a buen puerto. Y a veces sucede. Caminando no sólo se conocen lugares y costumbres, sueños e ilusiones. También uno puedo encontrarse con indeseables compañías. Como aquel perro que me escoltó todo el trayecto hasta prácticamente irme de Los Barriales. Su pelaje marrón, lleno de suciedad y tierra colgándole con coágulos de excremento, me erizó los vellos de la nuca del asco. 

En aquel entonces no lo supe, pero no era casual aquel animal como nada en esta historia. Tuve una sensación de amenaza en todo momento y cada vez que volteaba el animal estaba detrá de mi.

Despejé mis temores urdiendo cómo iba a hacerme con una copia del libro escrito por aquel hombre, el tal González. Ya imaginaba yo los recortes que habría recopilado. Entrevistas inéditas con testigos ya fallecidos. Toda una marea de información rutilante y asombrosa. Algo parecido a lo que ya en la hemeroteca de Buenos Aires había compilado:



En eso estaba cuando mi compañero cuadrúpedo empezó a rabiarse con otro perro que fue a atacarlo. Y a lo lejos vislumbré la gasolinera de González. 

Entre carga y carga de combustible, me contaba como se había madejado esta historia. Y me habló de su libro (y hasta de las intimidades del intendente de Junín.) Y si debiera resumir sus palabras estas serían las predilectas: “El Vampi fue un cuento, un invento periodístico del diario que, afanoso por obtener noticias, empezó a crear una historia descabellada para conseguir audiencia.” 

González es un hombre de mediana edad. Era muy joven cuando ocurrió aquello. Los ojos bajo la negra visera de su sombrero parecían vivaces y perversos, despedían una cierta malicia cada vez que me confesaba intimidades de los concejales de la región. 

En un momento, me invitó a su hogar en San Martín, donde me entregaría una copia de su dichoso libro y unas poesías escritas sobre el vampiro. La idea me agradó. Aunque sus comentarios me habían desmoronado: ¿o sea que lo del “vampiro” era simplemente un fraude periodístico? 

Lo adelanto. No lo era. Y el material que presentaré - testigos y testimonios - hablará mejor que yo. Ser cabeza dura lleva su precio. Insistí en fotografiar el cementerio donde, según mis archivos, habría sido la guarida del “extraño” asesino (y donde unas misteriosas manchas en unas lápidas habrían empezado con todo.) Y me despedí de González, no sin antes congeniar un horario para volver a encontrarnos. No quería perder la copia de su “fabuloso” libro. Y digo bien: “Fabuloso”, con comillas. Porque, como más tarde me enteraría, de libro tenía poco su publicación.

Y así, pasé frente a la Biblioteca de Los Barriales. Y vaya uno a saber por qué, ingresé. Al hacerlo, – cómo evitarlo - las palabras poco alentadoras de González me resonaron como una guadaña contra una roca. Me había dicho, como dije, que el causante de la psicosis había sido un mero invento de los periódicos. Y en parte pudo tener razón...pero ese “invento” estuvo preñado de evidencias de un delito. Yo las vi. Hay docenas de fotos en las crónicas. 


Ejemplo de la red rota y los animales quietos, muertos, sin sangre. Un depredador común y silvestre no es capaz de tanta prolijidad.


¿Es que la miríada de artículos publicados donde se apreciaban nombres, apellidos, lugares y distritos de comisaría, junto a las fotos de los animales muertos eran todos una invención?. 

Pero el rutilante libro de González lo decía todo. Absolutamente todo. O nada que es lo mismo. Me explico. Se trataba simplemente de un folleto de no más de cinco hojas con versos y poemas de pésima calidad. Es decir, lo que se dice un libro no lo era. 

Y adiós a mis ansiadas entrevistas, recortes periodísticos, imágenes atroces de los animales. Era una astuta y propagandística poesía de no más de tres hojas. Y Oscar Ortega, el bibliotecario del lugar en donde me había metido en un impulso de intuición, de ojos pardos y el cabello corto prolijamente peinado, me dejó fotografiar la portada del “libro”, y me hizo entrega del mismo trascripto en un disquete. 

Ciertamente fue un decepcionante hallazgo. Pero ahora que uno puede contemplar los acontecimientos desde otra perspectiva más privilegiada las cosas debían salir así. O de lo contrario me hubiera quedado sin la verdad de esta historia (lo dicho por González no ofrecía confianza, más aún cuando luego lo encontré en un viejo artículo periodístico afirmando haber visto “cosas extrañas”. Y sí, posiblemente hubo invento… de su parte.) 

En ese momento, todavía desconociendo aquel futuro que en instancias se alzaría sobre mi, donde ya hallaría fotografías de animales fallecidos, verjas inexplicablemente abiertas (imposible para un canino, pero típicas de la mano humana), testigos excelentes de los hechos e incluso, en una última revisión a las crónicas de aquellas fechas –en la Hemeroteca - hallaría más pistas, más aberrantes sucesos entrelazados (llegando a contabilizarse cerca de 30 comarcas afectadas y más de 300 animales asesinados misteriosamente con una punción en el cuello por donde se les drenó la sangre.

El lector ya lo debe haber advertido. Por supuesto dejé plantado a González. Con gusto y malicia, frotándome las manos. Ya ahora sabía lo que debía hacer, lo que debía haber hecho desde un principio. Buscar las respuestas por mi mismo. Golpear puertas si era necesario. Impeliendo a que el pueblo “vomite” lo que ocurrió o creyó que ocurrió en 1972, hace 30 años atrás. 

Así, indagando, llegué a testimonios realmente impresionantes. Como el de Domingo Puebla, entrevistado en su día por cronistas de la revista “Gente”. Y también –necesario se hace puntualizarlo - a un hecho que, mencionado como si tal cosa por una empleada de locutorios, realmente no esperaba enterarme. Lo transcribo de mi Diario que guarda el sabor del momento : 

“En estas investigaciones en Los Barriales parece que alguien se me anticipó. Y nada menos que un día antes. Según me relatará la bella mujer del locutorio, el día anterior a que pisara el pueblo un hombre había sacado una fotocopia al mismo artículo periodístico que había traído conmigo en el expediente del caso del Vampiro. ¿Casualidad? Recordemos que habían transcurrido nada menos que treinta años.” 


FIN DE CAMINO: TESTIGOS DE CARNE Y HUESO 


En efecto, una errónea información suministrada por un lugareño fue providencial. Y la generosidad de Oscar el bibliotecario le vino a la saga. Los testimonios orales que recogí parecían coincidir en algo: las matanzas existieron y nunca se dio con el culpable. ¿Qué mejor que las palabras de alguien que vivió eso en carne propia.? 

Esta es la breve, aunque interesante charla con Puebla (envuelta en ladridos insoportables, consecuencia de aquel inseparable cuadrúpedo que me siguió en todo momento). 

“Yo me acuerdo que, pasando las vías para aquel lado –me señala en dirección al cementerio y a unas “rumorosas” torres de alta tensión – habían muerto muchísimas gallinas y conejos, algo les chupaban la sangre. Y después para allí existe un arrollo que circula, donde sabíamos que fueron encontrados unos conejos sin una gota de sangre en sus cuerpos. Le había succionado todo una criatura que nadie llegó a ver. Decían que por la noche, los perros chumbaban o las palomas volaban alteradas por encima de los árboles. Y después por aquí, un señor García, también de la zona, decía que había encontrado al amanecer a varios conejos. La conejera destrozada. Pero los animales no estaban desgarrados.” 

Básicamente ratificó lo que tenía investigado. Corroborando que los periódicos, a veces, hablan con franqueza. 

Salí de lo de Puebla ensimismado con su relato. Roberto García, apuntado fielmente en mi memoria, era mi siguiente testigo a rastrear. Al parecer, contaba con unas fotografías de lo sucedido. Y tras peinar fatigosamente la zona, lo hallé en una casa de tejas a dos aguas. 

Golpeé la puerta de madera barnizada. Y al ver a aquel enjuto hombre lo supe. Su padre - que había retratado a los conejos muertos - había fallecido. Las fotografías se habían extraviado con el paso del tiempo. Sin embargo estaba Roberto, su hijo, con la latente memoria de los acontecimientos. Estas fueron sus textuales palabras: 

RG: - Aquí existen muchas personas que les pasaron cosas semejantes. Salieron en diversos diarios. Por aquí nomás estaban las conejeras –en pleno pueblo- de ahí algo los tomaba y los dejaba muertos. 

SJ: -¿Destrozados?. 

RG: - No. Nada más como con una especie de pinchadura en el cuello. Y quedaban completamente intactos los animales. Y además dentro de la conejera. Tan solo rompían la tela. 

SJ: -No los arrastraban. 

RG: - No. A lo mejor alguno brincaba, pero no. No. También mataron las gallinas que tenía mi vieja. Pero si usted se fija, en esta zona asesinaron a muchísimos animales. 

SJ: -¿ Y después que ocurrió?  

RG: - Nunca más se habló de nada. Después jamás se supo qué había pasado. 

SJ: -Pero aquí es pleno centro del pueblo. Pensaba que la acción se había desarrollado más para el lado del Cementerio de Los Barriales. 

RG:- No, todo esto que le cuento se produjo aquí nomás en pleno centro. Y hay otra familia que vive por estas zonas, de apellido Martínez, que también le mataron animales.  

SJ: -¿Y la policía?. 

RG: - Nunca la policía dijo nada. Venía y miraba. Pero nunca dijo nada. Como le digo, en esta región hay muchísima gente que le puede contar. Lo que sí, nunca más se descubrió la causa. 

SJ: - ¿Y cómo se vivían esos días?. 

RG: - Estaba atemorizada la gente. Todos estábamos aterrorizados por eso que pasaba por la noche. 

SJ: -¿Hubo algún sonido o sensación inusual en el momento de las matanzas?. 

RG:- No, nada. Y las conejeras estaban casi pegadas a la casa. Pero cuando pasaba eso nadie sentía nada. Te levantabas a la mañana y te encontrabas a los animales muertos. Y lo que le estoy diciendo yo se lo puede decir Martínez, Rugeri, Domínguez, Puebla. Sea lo que haya sido dejó un desastre. Un desastre. 

Dejé atrás el portal de su casa rumiando en sus elocuentes palabras. Y la reflexión me tenía sumido en un silencio corrosivo. ¿Qué razón pudo tener alguien para asesinar de esta manera? 

Las imágenes de los casos investigados por mi en España y en Chile cobraron un tinte más subterráneo. Y en la plazoleta, mientras subía a un Remise aparcado - cuyo conductor, Sergio, de mirada fría y actitudes maquinales me hicieron retrotraer al protagonista del film Psicosis - mi cabeza pareció estallar. 

Aquel buen hombre me mencionó que también en su casa se habían vivido situaciones espeluznantes: animales muertos sin explicación. Recordaba cuando niño, con una hepatitis infernal, el rumor había empezado a circular por todos lados. A la noche nadie quería salir a caminar. 

Y recordó haber visto a los animales de su gallinera yermos con esas incisiones tan precisas. Maquiavélicamente exactas (tan exactas como que son imprescindibles para extraer la sangre con algun artilugio). 

Y al tiempo que fotografiaba la fachada del cementerio (cerrado hasta las 14 hs, un desperdicio), indagaba en las experiencias del remisero Sergio. Así llegué a Bardín. Quizá el protagonista de lo sucedido más importante de esta historia (el de la nota periodistica antigua que publiqué aquí). 

Y no lo podía creer: vivía a escasos metros del Cementerio. No lo dude. Y, despidiéndome de Sergio ( pese a tener que afrontar varios kilómetros a pie de vuelta al pueblo) me dirigí resueltamente al hogar de Bardín, aledaño a la famosa “ciénaga” de Los Barriales

Hacía tiempo que Bardín padre se había marchado para el otro lado. Pero su hijo que, como dije al principio, actualmente tiene la misma edad de su padre cuando los hechos, me reflejó cómo fueron aquellos aciagos días en que nadie encontraba coherencia al asunto. 

Sus verdes ojos miraron un segundo a la nada. Como substrayéndose del entorno e ingresando lentamente en los pantanos de la memoria y la nostalgia de la época:

Foto: SJarré.  Bardin señalandome donde sucedió aquello.



SJ: -¿Usted recuerda cómo empezó esto?. 

B: - Sí. La fecha es en 1972. Nosotros vivimos aquí, en Los Barriales, desde 1960. Vivíamos con mi padre y mi esposa. Teníamos además un gallinero. En uno había una variedad de gallinas y en otro otras. Y en uno encontramos todos los animales muertos. A pesar que estaba cerrado con tela. Y estaban todas sin vida en el suelo. Todas con una mordedura en el cuello. En el otro gallinero que estaba al lado, había unas pocas gallinas fallecidas, porque algunas se habían escapado por una ruptura de la tela. Y a partir de ese momento uno empezó a sospechar de ciertas cosas. Por ejemplo, las palomas. Había una mora muy linda donde se posaban. Desde entonces no vinieron más, nunca más. Desde aquel momento escuchamos muchas suposiciones o versiones circulando. El gallinero contaba con una pequeña abertura, pero no se sabe qué tipo de animal pudo acceder dentro. Qué cosa ingresó no se sabe. Aquí deambulan perros pero es muy difícil que se acerquen a una casa donde hay otros perros y encima luz. Además el perro es común que se lleve a las gallinas para devorarlas en otro lado. 

SJ: - ¿Estaban muy revueltas las cosas dentro del gallinero, había muchas plumas?. 

B: - No, no muchas. Lo que sí recuerdo es que había una gallina que había escapado y que estaba viva. Pero con la mordida en la garganta. 

SJ: - ¿Y cómo era aquella mordida?. 

B: - Era como si fuera una especie de agujero. No estaban rotos los animales. Tampoco destrozados. Y el perro no trabaja de esa manera. El perro por empezar se los come. La comadreja y el Hurón los roba y se los devora luego. Pero haya sido lo que haya sido eso no actuaba así. 

SJ: - ¿Se percibió algo en la noche, algún sonido anormal.? 

B: - No. Incluso teníamos perros, siempre hemos tenido. Nos habíamos acostumbrados a la forma de vocear del animal. Cuando pasaba alguien o venían otros perros siempre ladraban los animales indicándonos cada cosa. Pero esa noche nada pasó. Todo esto lo recuerdo como si fuera ayer. Tan nítido me quedó. Ahora yo no recuerdo que haya habido ningún rastro del supuesto animal. De eso nada de nada. 

Interesante conversación que dejó sendos detalles. Y allí estaba, nuevamente, el detalle que me tenía a maltraer:  los animales domésticos que parecían desentenderse del asunto. Rareza que muchos periodistas de la época se percataron, y lo destacaron como una singular anomalía (y ya lo analizaremos todo en conjunto). 

Estreché fuertemente la mano de Bardín. Y , entusiasmado con el relato tan minucioso de los acontecimientos, marché al Cementerio. Todavía seguía con las puertas cerradas. Y mientras esperaba al cuidador se me ocurrió recorrerlo por los flancos laterales. Hacerlo fue algo providencial, pues pude ingresar “indiscretamente”. 

Como un poseso, me vi a la búsqueda desesperada del nicho fúnebre donde, decían, se había desencadenado la historia. Y caminé, con un frío inevitable rozándome la espalda, por esos senderos de muerte. Ya al salir estaba el limpiador de las losas sepulcrales aparcando su bicicleta. Me comentó que ya había fallecido el hombre que vigilaba por aquel entonces el lugar. 

Pero él recordaba ciertas cosas. 

Y me habló de magia negra, de rituales y demás folclore popular. Y en medio de la plática, mientras me predisponía para el fatigoso retorno al pueblo, (no hay que olvidarlo, eran varios extensos kilómetros de tierra), apareció de la nada, a la vera de una ruta paralela, el remisero Sergio. 

Le hice una seña con la mano extendida y frenó en seco a la distancia. Así volví a la capital de Mendoza. Otra coincidencia que me ahorró tiempo.


UN VAMPIRO QUE NO APARECE 



Así era. No pude resistirme. Pero al parecer no pudieron localizar en el Museo Cornelio Moyano al espécimen encontrado emparedado en la vivienda de Rivadavia. 

Me refiero a este:



Hablé con profesoras y profesores (uno de ellos estaba con parte de enfermo, aún así lo rastreé hasta su hogar, entre toses y estornudos algo me dijo), pero resultó estéril. 

Maquinalmente exploré los sótanos, linterna en mano, donde tienen alojados especímenes que no están a la exhibición. Muchos sin catalogar. Despolvamos cajas, y destapamos telas negras que cubrían águilas o felinos embalsamados. Pero tampoco pude sacar nada provechoso (salvo la visión de unos singulares fetos inmersos en frascos con formol; uno de ellos se parecía al célebre Gnomo de Girona con aquella rara protuberancia.) 

Frustrado, luego de haber peregrinado cuando menos dos oportunidades hasta el museo, recorrerlo de palmo a palmo, telefonear una docena de tantas veces, mantuve comunicación con la directora de la institución. 

Y sí. Realmente estaba enojado por la carencia de inventarios, la desidia que parecía tener el museo en donde nadie sabía nada de nada. Y me prometieron –alarde normal en este país- que ni bien se restituya el profesor con parte de enfermo, me enviarían unas copias fotográficas del animal. 

Y sí, como es evidente, el tiempo pasó y nada. Ya apoltronado en mi estudio sólo recibí silencio. Pero no me iba a dar por vencido. Y en una segunda visita a Mendoza, logré entrevistarme con el profesor Bianchi. Aquel hombre, de apariencia débil y corrompida por el encierro excesivo entre especímenes, fue contundente: aquello emparedado era un felino disecado


Pero la nota decía otra cosa:

“ El hallazgo del esqueleto de un murciélago de considerable tamaño en una vivienda que estaba siendo demolida en el departamento de Rivadavia, causó extrañeza no solo por la envergadura de los restos del extraño animal sino también por el lugar donde fue encontrado”

El animal estaba empotrado en la pared dentro de una caja de madera. Lo cual es de por si curiosísimo.
 
Pero aquello no queda ahí. Lo extraño, lo significativo es que esta critura (no era, al parecer, un murciélago, sino un gato) tenía para respirar. 

En efecto, y aunque parezca increíble, en la pared estaba practicado un orificio por donde ingresaba oxigeno en virtud de un “caño galvanizado”. ¿Por qué lo habían emparedado? ¿Qué cosa diabólica tenía aquel animal consigo?.
Y el animal, al quedar encerrado tomó paulatinamente –a medida que pasaba el tiempo- una apariencia horrenda muy semejante al murciélago. 

Cuando le hablé a Bianchi de las muertes del año 1972 en Los Barriales, me descolocó que no las conociera y que no hubiera oído siquiera hablar del asunto. Más aún: porque él vivía en el partido de Rivadavia cuando joven. Pero lo terrible del asunto era que Bianchi me afirmó - pese a revolver por enésima vez los sótanos - que aquel bicharraco había sido botado a la basura por sugerencias de la directora. Y es que ¿quién osaría guardar un gato disecado?. Solo un investigador del misterio como quien esto escribe.

EL CONTAGIO DE LA SANGRE 



La holgada camisa le desnudó el vientre a la Bibliotecaria mientras me alcanzaba el libraco con los periódicos de 1972. Y fue precisamente ahí, - en la Hemeroteca - cotejando en la calurosa sala de lectura los desteñidos diarios, que encontré un dato que parecía colarse insistentemente en esta confusa historia. 

Un hilo casi invisible pero tan constante que me resultó tremendamente perturbador. Según pude constatar, aquel año 1972 fue una fecha en que no sólo cundió la psicosis del Vampiro por toda Mendoza, llegando hasta Buenos Aires. 

Por esa época, curiosamente – o no tanto - hubo personas que empezaron a presentar una seria necesidad de abastecerse del líquido vital de los animales y de sus propios semejantes. ¿Qué digo? Seré más claro. Y para ello remontémonos a las antiguas crónicas de Latinoamérica que dan habida cuenta de la presencia vampiresca. 

Y brillaría el año 1963. Un cable publicado el 26 de noviembre, en el diario La Razón, me ponía sobre la pista. Sucedió – así dice la nota de periódicos - en la tranquila y apacible ciudad de San Salvador de Jujuy, capital de la provincia homónima. Y reproduciré lo más escuetamente que pueda la información: 

“Toda la población, especialmente la de los suburbios vive en constante zozobra desde hace días ante escalofriantes rumores que hablan de la presencia durante las horas de la noche de un vampiro humano que habría asentado sus reales en las inmediaciones del cementerio local. Hasta se mencionaron nombres de personas que aseguran haber visto o ser perseguidas por tan extraño ser que se alimenta de sangre humana. La noticia ha adquirido gran volumen, al extremo que la prensa de la ciudad se ha hecho eco de la situación creada por las versiones mientras que la policía ha tomado cartas en el asunto y trata de poner en claro que es lo que hay de verdad en todo esto. Son numerosas las personas que ya han sido interrogadas, varias de ellas supuestas víctimas del vampiro-humano. Las referencias son en extremo vagas y no aportaron ningún indicio que permita la individualización del singular y peligroso fantasma. Si bien aseguran que les había salido al paso mientras transitaban por las cercanías del cementerio, en medio de la oscuridad nocturna, terminaron diciendo que debido al susto y a que echaron a correr para librarse del vampiro no pudieron ver su fisonomía. Otros declararon haberlo visto de lejos y le han creado alas, cuernos y ojos fosforescentes, afirmando que en sus andanzas deja impregnado el ambiente con un fuerte olor similar al azufre. Y son más los que hablan del vampiro de oídas. En esta forma las noticias sobre el aparecido han corrido como reguero de pólvora por toda la capital y aún han transpuesto los límites de la provincia, suscitando los más suspicaces comentarios. La policía no descarta empero que pueda tratarse de un individuo que con propósitos inconfesables trata de sembrar el terror entre los vecinos y paseantes nocturnos. De ahí que haya resuelto que se mantenga estricta vigilancia en las inmediaciones del cementerio con el fin de poder atrapar al vampiro, si es que en realidad existe.”

Es cierto, al leer esto más de uno puede decantar en una carcajada. Pero el cronista, mantiene un cierto talante escéptico al decirnos que “son más los que hablan del vampiro de oídas” o “le han creado alas”o “La policía no descarta empero que pueda tratarse de un individuo que con propósitos inconfesables trata de sembrar el terror entre los vecinos y paseantes nocturnos”. 

Es importante analizar estos sutiles detalles porque nos muestran que el mismo corresponsal que escribió la nota –posiblemente porque no tenía otra opción que hacerlo – dudaba de la veracidad de los relatos. 

Sin embargo, unos meses más tarde, como si de una epidemia se tratara, se publicaba en el diario Crónica: 

"Los pobladores de la hasta hace unos días tranquila localidad de Tres Cruces en el camino de la Quebrada de Humahuaca está viviendo horas de angustia indecible con motivo de la aparición en esos lugares de un raro engendro animal que se aproxima a la apariencia de un vampiro gigante. Tres Cruces y la idílica Quebrada de Humahuaca conocen ahora el terror y espanto de lo desconocido, del misterio que asume la presencia de este extraño huésped del paraje, la repelencia de lo monstruoso. ¿Qué es esto?, se preguntan alarmados los pobladores y por supuesto, ese mismo interrogante horada la mente de uno de los testigos directos de la aparición, un vecino del lugar apellidado Argañaraz cuyo relato es particularmente patético. Intentó atacarme dos veces. Se abalanzaba desde el aire sobre mi batiendo sus grandes alas negras. Sus ojos relumbraban en la oscuridad. Para ahuyentarlo tuve que hacerle fuego con mi revólver. Un arriero también dice haber visto al raro engendro cuando cruzaba la Quebrada en horas de la noche. Era enorme, se posó sobre el cuello del yeguarizo y comenzó a succionarle la sangre. He aquí dos relatos que han desencadenado una reacción conjunta de los más exacerbados y fantásticos comentarios. Mientras tanto la incógnita crece y la intranquilidad está siendo roída aquí como un negro cáncer. El del terror desencadenado por este extraño visitante de las tinieblas.” 

A priori ambos sucesos parecen contrapuestos. Pues mientras en uno se habla de un Vampiro-Humano, en otro de una “criatura gigantesca alada”.  Y sin embargo el lector avisado habrá notado un parentesco: lo anormal del evento. Y otro más contundente: la geografía. Ambos sucesos fueron protagonizados en la misma región. 

Ahora bien, pocos días antes de finalizar este episodio, otro exactamente igual se había apoderado de las comarcas Mexicanas. Y también, años más tarde, en 1969, una nueva ola de vampirismo azotó a Sudamérica. Un reporte originado en Venezuela refería que una cantidad masiva de enormes murciélagos aterrorizaban a los pobladores de las regiones suburbanas de Caracas. 

¿Qué estaba ocurriendo en aquellos días?. Pues podemos pensar una de dos: O sencillamente se transmitía el mito de región en región, en la mayoría de los casos por culpa de los medios. O algo más siniestro, aprovechaba para estimular el miedo en la población con aquella imagen ancestral de criaturas aladas asesinas.

Un cable de la agencia UPI ya me ponía al corriente (el 6 de enero de 1969) de lo que ocurría en la provincia de –sí, otra vez - Jujuy: 

"Un gigantesco vampiro que pesaría de cinco a seis kilogramos según testigos ha estado aterrorizando a la población de la Quebrada de Humahuaca. El mulero Melitón Juarez, uno de los testigos, afirmó que había sido atacado por esa enorme criatura mientras cabalgaba su mula. La montura se asustó cuando el vampiro efectuó varias pasadas por encima de ella y su jinete. Juarez añadió que el vampiro tenía un horrible aspecto y que tuvo que utilizar varias veces el látigo para ahuyentarlo. Declaró que creía que el extraño murciélago tenía la intención de posarse sobre el mulo y chupar su sangre. Otros habitantes supusieron que se trataba del mismo vampiro que recientemente había efectuado algunas incursiones en los ranchos de la región, donde al parecer numerosas aves de corral habían sido muertas y su sangre chupada. Los expertos en Zoología dicen que la aparición de vampiros de semejante tamaño se confirma por un hecho que se produjo en México hace varios años cuando dos vampiros monstruosos mataron a una mujer y un hombre mientras dormían.” 

¿Vampiros gigantes que asesinan a personas?. Bueno, ésta noticia ahora es más digerible que hace cuatro años atrás en la misma región. Ahora el culpable es un animal clasificado.  

Y si profundizamos más aún. Si vamos a la tradición oral ¿qué nos encontramos?. Pues, básicamente, lo mismo. Ya los antiguos indígenas (Mapuches y Araucanos) tenían la Piwichen, una serpiente alada con la particularidad de “pegarse” a los troncos de los árboles en las noches de excesivo calor dejando regueros de sangre. 

Y, según dicen, puede ser tan sanguinaria capaz de devorarse a personas y animales. Otro es Gregorio Álvarez. Habla del Chonchón, una guisa de pajarraco espeluznante que, dicen, puede beber la sangre de las personas de a poco hasta matarlos. Agüero Vera en su Divinidades Diaguitas nos habla del Kate-Kate, una cabeza humana que, saliendo de su sepultura, se ceba con las personas, desangrándolas. 

Y a medida que lo hace, aumenta sus proporciones. A veces, dicen, suele ser vista volando usando sus cabellos como una guisa de alas. Terrorífico de veras 

Pero quizá sea mejor que me detenga aquí. Y volvamos a la fecha de 1972 propiamente dicha. Y los Vampiros Humanos. En plena psicosis del Vampiro, en la capital de Mendoza, una nota periodística trazaba con frescura mi más íntimo pensar. 

Esta nota hacía alusión a un ataque perpetrado por un hombre a una señorita que esperaba la llegada del autobús que la regresaría a su hogar. Sucedió - según cuenta el diario Mendoza y El Andino - cuando un hombre se aproximó subrepticiamente a la dama y la tomó desprevenida, sujetándola con fuerza. 

La mujer, sin embargo, logró prorrumpir un grito durante un instante. El necesario para alertar a unos peatones ocasionales que pasaban por la zona. Finalmente fue liberada. No sin antes recibir una dolorosa mordida en la nariz y en el pómulo derecho. 

Ahora bien, en ese mismo año en que nacía el deseo de la sangre, en Tafí del Valle (provincia de Tucumán) un niño de tan sólo diez años empezaba a alimentarse del “extracto” de animales. Hablo del caso del muchacho Vampiro de González Catan

“El era un chico de 10 años cuando un día lo vimos peleando con un perro al que estranguló para luego morderlo como si fuera una fiera. Al principio pensamos que era una reacción por la crisis del ataque del perro. Pero luego, descubrimos que eran sus bajos instintos los que lo impulsaban a eso. Encontrábamos conejos, perros, cuises, liebres muertas y casi sin sangre en sus cuerpos. El no sabía explicarnos nada. Lo empezamos a seguir y lo vimos buscar a sus víctimas para luego matarlas con saña y chuparles la sangre. Este problema nos hizo mudarnos muchas veces porque es difícil ocultarlo. Mis padres están desesperados y yo debo viajar a cada llamado de Tucumán”. 

Y así pasaron los años. Hoy por hoy ya nadie sabe qué fue de aquel chico que vivía clausurado entre las cuatro paredes hediondas de un altillo. Rodeado de la sangre de sus animales –muchos colgados de ganchos despidiendo el olor de la descomposición prematura: 

“En aquella oscura habitación no había muebles, las paredes estaban salpicadas de sangre, con marcas de manos rojas que habían sido refregadas sobre la última pintura. Hincado en un rincón un hombre corpulento escondía su cabeza de la luz. Su torso estaba desnudo. La atmósfera era de lo más denigrante. Cuises, ratones, conejos y animalitos variados yacían muertos y prácticamente destrozados en el piso. Su sangre había sido chorreada aquí y allá.” 

¿Qué factor psicológico o mediático se produjo para que hubiera una especie de contagio masivo de vampirismo en personas de apariencia normal? 

Creo que es necesario reseñar. Y apurar una idea.  

La minuciosidad y la pericia para “pinchar” al animal sólo puede ser debido a un ser humano. No un hombre poseído por algo que le lleva a tomar la sangre, sino que hay cierta planificación en las muertes de 1972.

No me cuesta imaginar la aguja que sirve para las transfusiones de sangre, un grupo de personas domando a los perros de las granjas y comarcas con comida, mientras otros abren las jaulas y drenan pacientemente y con diligencia la sangre de los animales sometidos. 

¿Para qué?. Creo que el cuidador del Cementerio de Los Barriales ya me lo adelantó: hay muchos satanistas en el mundo y precisamente muchos en Mendoza. Probablemente hayan sido satanistas que además crearon el horror y el miedo en la población. La sangre, para ellos, es parte importante en sus aquelarres.





Notas anexas: 

El Andino :13/11/1981 

Periódico Mendoza, Abril. 

La Razón (Buenos Aires),26-11-1963 

Crónica (Buenos Aires),14-7-1964 

La Razón (Buenos Aires),9-3-1969. 

Jacques Bergier: El Libro de lo Inexplicable (Plaza y Janés,Bar-celona,1974),pg.212-213.

Crónica (Buenos Aires),17-2-1972. 

Vicuña Cifuentes,op.cit.,pg.29-31. 13 Alvarez,op.cit.,pg.162-163. 

Juan Zacarías Agüero Vera: Divinidades Diaguitas (Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán,1973),pg.182-183