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Casas embrujadas en España




El que busca la verdad debe , mientras pueda, dudar de todo”
Descartes.



El viento mordía la piel. Estaba en la balnearia Costa Blanca de Alicante. En lo alto de una sierra merodeando de noche entre una construcción abandonada. Y sí: buscando misterios. O mejor dicho: fantasmas.

Foto casona: SJ

A mi lado, tomando fotos nocturnas de manera frenética, estaba Pedro Amorós Sogorb. Todavía tenía en mi mente las imágenes del hotel La Reforma, donde me alojé en Alicante, la charla amena en el micro, y el coche que pasó a recogerme con Pedro al volante.

Fuimos directo a su casa: nos deslizamos por una especie de sótano donde Pedro tenía su impactante laboratorio, repleto de cosas de toda índole, con una augusta decoración de máscaras, espadas en la pared, cuadros, algún que otro póster con logos o fotos referido a lo extraño, libros antiguos, un sofisticado equipo electrónico de ultima generación para registrar inclusiones psicofónicas.

Enseguida me presentó a su mujer: Bea. Y también, las escalofriantes psicofonias que había registrado.

Foto SJ

¿Que son? ¿De donde provienen? ¿Cómo se impregnan?

Son preguntas a las que por el momento, levemente se atisba una que otra teoría satisfactoria, pero ninguna concluyente. Pero es importante señalar todo, pues “ hay que señalar , hay que señalar, y un día acabaremos por descubrir que algo nos hace señales” (L. Pauwels y J.Bergier)

Eran las 23:45 hs aproximadamente -según reza en mi memoria de campo- cuando salimos del restaurante con destino a una exótica casa perdida en las afueras de Alicante, que dícese “encantada” o “enduendada”, en plena montaña.

Llegamos de madrugada, con nuestros equipos dispuestos a registrar la escena en fotos.

Lamentablemente, en esta ocasión no se podían realizar psicofonias, pues el lugar se había transformado en un antro del misterio atiborrado de jóvenes que buscaban su pequeña aventura nocturna, en compañía de sus novias, o de sus pitillos.

Y es que el lugar daba para eso y más.

La enorme mansión, otrora -entre otras cosas- centro de tuberculosos, donde fallecieron muchos niños, tenía todas las características que la hacían, en la inmensa oscuridad, -que luego la luna morigeró un poco- una típica casa embrujada de las películas, con un árbol viejo y en ruinas - similar al que salía en la película polterguéist - varias casuchas derruidas con las puertas arrancadas, y dentro de la misma, el suelo estragado por los vándalos jóvenes que sin conciencia hacían del lugar su centro recreativo y su materia prima para refaccionar sus hogares.

Apenas llegamos al frente de la mansión, unas linternas dentro de la casa nos indicaron que no estábamos solos.

Entramos y nos cruzamos con un grupo de jóvenes que merodeaban el lugar.


Pedro sacando fotos en la noche

Pedro me contó que, según decían, en la escalera que existe dentro de la casona , se contemplaba un ente fantasmal de blanco, que a más de uno le dio un susto de infartos.

Los muchachos, inquietos por nuestra presencia, parecían querer seguirnos en nuestras pesquisas dentro de la casona.

En un momento, Pedro los increpó y les comentó la historia del lugar, advirtiéndoles que no se debía tomar a la ligera lo que ocurría en el ámbito de lo paranormal, que podía llegar a resultar peligroso.

Algo muy cierto. Son muchos los casos de jóvenes que por pasar una noche de aventuras sin tomar conciencia de lo que hacen, son presas de la sugestión, las drogas, y demás “activadores” que conducen a la postre en homicidios, rituales bacanales, o en el mejor de los casos, un tremendo shock nervioso, a causa de lo que se cree paranormal.

Cercano a las dos de la madrugada emprendimos el regreso. Por la carretera de montaña, a lo lejos, se veía la ciudad de Alicante, un cúmulo de luces de gran ciudad.

Foto de las construcciones lindantes a la casona abandonada.


CONCLUSION:

Desde luego, no vimos nada, no sucedió nada. ¿Pero realmente no sucede nada cuando uno vive una experiencia distinta de lo vulgar?.

Lo vulgar habría sido ir de día al Castillo Santa Mónica, pasear por las ramblas, meterme al mar, tomar sol, seducir alguna Alicantina, y luego volver al hotel a llenarme el estómago de comida.

Una vida banal, sin nada trascendente, sin nada que la saque de su lugar acomodado por el placer.

Castillo Santa Monica desde las alturas: vulgar pero fascinante vista.




Guardo, al contrario, una experiencia que rescato del cofre de recuerdos y clavo aquí, en este espacio, para mis lectores.

¿Qué si existen los fantasmas y la psicofonias? Pues es un largo, tema. Mejor leer todo lo que he narrado en este espacio.

Pero lo mejor, en todo caso, es investigar. No desistir.











Escrito en 2003.
Nota: Disculpen la calidad de las fotos. Fueron efectuados ya hace muchísimos años, con una precaria cámara.