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La leyenda del Hombre Verde de Pennsylvania



Cuenta la leyenda que por las noches, en las carreteras de Pennsylvania, había una criatura o cosa, que solía verse expulsando humo de forma grotesca de su rostro. Le apodaron el Hombre Verde. Dicen que no tenía ojos ni nariz y vagaba en la oscuridad como alma en pena. 

Los habitantes de Penssylvania tejieron una leyenda que se repitió a lo largo de los años de forma incansable. Y quizá, si no se hubiera sabido que aquella criatura en realidad se trataba de Raymond Robinson, una víctima de un accidente, todos habrían pensado que era el mismísimo demonio. 


Era niño cuando Robinson tocó el cable electrificado de un tranvía eléctrico y miles de voltios lo desfiguraron de manera terrible. Quemado, en un estado delicado de salud, las esperanzas de que sobreviviera fueron mínimas. No era el primero en sufrir esa clase de accidentes, y los anteriores habían fallecido al instante. 

Y sin embargo, tras un mes de agonía, el muchacho sobrevivió. 

Pero el costo fue trágico: viviría lisiado, sin ojos, sin nariz, faltándole una oreja y uno de sus brazos. Una vida así, tal vez, uno se plantea si vale la pena vivirla. Y parece que sí, porque forjó, sin buscarlo ni saberlo, una leyenda que lo inmortalizó. 

Vivió a lo largo de su vida en casas de parientes, trabajaba haciendo trabajos con cuero, pero la mayor parte del tiempo vivía aislado. 

Únicamente de noche, cuando nadie lo podía ver – o eso creía – vagabundeaba por el exterior. Salía con su bastón a deambular por las calles más oscuras. Algunos curiosos lo seguían y lo observaban en sus caminatas nocturnas. A veces, se tomaban fotografías. 

Y sabían que era una persona lisiada, pero eso no impidió que fomentaran una leyenda en torno a su persona. La del Hombre Verde. Y es que, su apariencia, era propia de un espectro, la piel también llevaba a pensar que no era de los vivos: algo que tal vez nunca debió ser. 

A medida que pasó el tiempo, y ya para el final de la vida de Raymond, evitó las caminatas y se fue a vivir a un geriátrico en Beaver Country donde moriría en 1985. 

Y mientras para el pueblo y todo Pennsylvania aquel hombre era una curiosidad y una aberración de la naturaleza, en donde cada día cobraba más notoriedad su leyenda, para sus familiares cercanos no era así: “para nosotros era simplemente el tío Ray. El nunca hablaba de sus cicatrices ni de sus problemas. Era algo que simplemente ocurrió y no había nada que hacer al respecto. Y él lo tenía asumido hasta tal punto que jamás le reprochó a la vida por haberle ocurrido lo que le ocurrió”.