Al-quimera: Los años que trafiqué con la alquimia

 

Y recuerdo tener la garganta seca, pero conservando la sangre fría, cuando pasé por la aduana con la valija cargada con “aquello”. Si me llegaban a inspeccionar tendría que dar muy buenas explicaciones para que entendieran que aquellas sustancias eran simplemente parte de un experimento alquímico, y no tenían relación con tráfico de droga. 
 
Los minutos se tensaron. Y yo sudé copiosamente mientras avanzaba con la valija hacia el escáner. De pronto uno de los aduaneros me chistó para que pasará por la fila que se había desocupado. Lo hice maquinalmente. Con una sonrisa petrificada en mi rostro. Puse la valija, pasó por el escáner, y respiré aliviado cuando me dijeron bienvenido. 
 
Regresaba a mi país, Argentina, con una valija repleta de materias primas que me había obsequiado un alquimista en Toledo. Era un personaje que afirmaba, sin el menor rubor, ser inmortal, y por tal motivo, obligado a la necesidad de cambiarse de domicilio cada tanto tiempo. 
 
Fueron varios encuentros que tuve en Madrid con él, y me condujo directo a su laboratorio a las afueras de Toledo, llevándome en su coche. Según confesara, era un ex policía retirado, que había trabajado toda su vida en la Gran Obra. Este personaje me decía que había hecho la Piedra Filosofal de innumerables maneras. Una de las maneras era con las sustancias que yo albergaba en mi maleta de viaje. 
 
Lo primero que hice cuando llegué a mi casa fue poner en práctica lo que me había explicado con aquellas dos materias: una estaba en un frasco y era blanca, lechosa. La otra estaba contenida en tubos de ensayo y era semejante a una fina tierra muy suave. También tenía otros recipientes con oro y más materias. 
 
Por varias semanas me entregué a la estimulante práctica de elaborar la Piedra siguiendo sus instrucciones. Me comunicaba con él a diario y le pasaba mis pormenores; los visibles fracasos agolpaban mi precoz laboratorio, y el alquimista inmortal ibérico me confesaba que eso era muy raro, que siempre le había funcionado aquello. 
 
El tiempo pasó, al menos un año, y comprendí que me estaba timando cuando lo descubrí en varios engaños perpetrados, y un análisis químico posterior reveló el fraude. 
 
Rompí relación con el “inmortal de Toledo”, y comprendí que lo que buscaba realmente él al obsequiarme todo aquello era un agua que había descubierto yo, y que se fabricaba con un artilugio. Lo que había hecho era obvio: me estaba cambiando “figuritas” : es decir, canjeaba supuestos conocimientos al mejor estilo del quimista Homberg. 
 
Con el tiempo desapareció este hombre; pero apareció su discípula, que no era otra que él mismo. La misma prosa, la misma dirección en Toledo, el IP repetido. Esto me demostraba, una vez más, los esfuerzos que suelen poner los practicantes de alquimia cuando quieren arrebatar un secreto que se presupone lo tiene una persona. Y como este caso, desfilaron a lo largo de los años, docenas de individuos parecidos. Siempre con algún ardid para engañar, venderme su receta a cambio de. 
 
(...)
 
Así empieza este libro de más de 200 páginas donde se conjuga el rigor crítico histórico con el saber químico ancestral y moderno. La comparativa finalmente quiebra los trabajos de alquimia que muchos emprendieron a lo largo de los años, y jalona la idea que ha pervivido tantos  años en los buscadores de esta quimera enrevesada conocida como alquimia: vivir más tiempo.

Este libro lo cuenta todo, explica todo: incluido el "agua" famosa de los alquimistas.